Lucy

 

El ser humano no puede estar solo en su vida, por ello en cierta etapa de la vida está en pareja y luego se casa, para compartirla con alguien. Pero cuando no, la comparte con otros seres como los animales que, tal vez no hablen pero pueden expresar su cariño de todas formas.

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Con esta idea, de que los animales pueden dar cariño, incluso mucho más de lo que una persona puede dar,  quiero dar comienzo a una historia que tuvo su inició hace siete meses. Esto en carácter de homenaje a alguien que irán conociendo.

En el mes de enero de este año, llegó mi primo a la casa con una pequeña gatita de color gris, con rayitas negras y guantes blancos en las patas que recogió de la calle. Era tan chica que podía entrar en una sola mano.

No pasó mucho tiempo para que nos encariñemos con ella. Las cuatro personas que vivimos en la casa estábamos al tanto de ella, a tal punto que nos peleábamos por tenerla, mimarla y jugar con ella.

Lo más difícil fue encontrar un nombre que le vaya a esa “pelotita de pelos” que enseguida fue adoptada como un miembro más de la familia. Comenzó el debate entre todos y, entre el “a mí me gusta” y el “tiene cara de…” sale uno que fue definitivo, “Lucy”.

Un día, no recuerdo bien cuando, despierto y veo algo raro en Lucy, algo demás, era una cinta de color rojo que rodeaba su cuello blanco como un collar. Mi tía le había puesto para que se vea más hermosa.

Con todo su esplendor y la atención de todos ella daba sus pasos por toda la casa. Lo que tenía de callada, lo tenía de traviesa, poniendo en zozobra a todos por el hecho de que se subía a todas partes.

Un día por poco hizo que el televisor cayera al suelo. Saltando de un lugar a otro, echando cosas era su manera de decir “Hey! Aquí estoy”.

Conforme iba pasando el tiempo, crecía y junto con ella, sus mañas y travesuras. Aquí puedo decir que hubo una ocasión en la que me senté al escritorio para escribir un reportaje y, al no prestarle atención, se introdujo en uno de los cajones por un espacio que sobraba.

Tuve que hacer de todo para sacarla de ahí. Pero dentro de todas las travesuras que hizo no nos enojábamos con ella, porque no hacía tantos méritos para ello.

Yo le decía “Lucía Fernanda” para poder llamarla “LuciFer”, por el desastre que armaba cuando jugaba por toda la casa.

Entre toda la travesura que era característica de Lucy, también tenía su manera de mostrar amor, y era acurrucandose en las piernas de uno, dormir ahí y ronronear. Así también, otra muestra era morder – a veces – de forma suave la mano sin lastimar y otras, como para hacerse sentir.

Otra de sus características que hacía notar era la de esperar. Por ejemplo, uno entraba a ducharse y al salir del baño – ¿quién estaba afuera esperando? – ella, acostada o sentada y con la mirada fija en la puerta.

Luego de la ardua vigilancia caminaba detrás de quien fuere que haya salido de la ducha y lo acompañaba por donde iba.

En varias madrugadas al llegar del trabajo me tocó esta situación: metía la llave en la cerradura –tal parece que ese mínimo ruido la despertaba – y ella se colocaba más o menos cerca de la puerta sentada.

Entraba, bajaba todas mis cosas y le acariciaba su cabeza suave y detrás de las orejitas, entre eso me lanzaba ella un tímido “miau”, como diciendo “hola”. Luego de eso iba y se acomodaba en su cama, una pequeña canasta con telas como colchón.

Lucy no salía fuera de las piezas ya que las dos perras que tenemos no crecieron con ella y mostraban celos por la “nueva intrusa” de la casa. Entonces lo que ella hacía era, subirse a la ventana y mirar todo lo que pasaba por el mundo exterior como si fuera un gran televisor.

Con más tiempo, las perras Safira y Ángela fueron acostumbrándose a la presencia de Lucy, la primera no tanto. Esto hizo que nuestros ojos tengan que estar más abiertos que nunca.

Ya con esa asimilación – mínima por parte de Safira, pero asimilación en fin –  Lucy fue tomando confianza y valentía para poder salir afuera de la casa.  Así lo hizo varias veces.

Ya no era como una prisionera dentro de la casa, ya no veía su gran televisor, sino que estaba dentro de él. Esto, por cierto tiempo hasta este domingo 29 de junio, donde un perro extraño a la casa junto con Safira la atacaron y cegaron la vida de Lucy.

Ahora, el dolor es mucho, la tristeza grande y el vacío que queda en la casa inmenso, a pesar de que vivió poco tiempo con nosotros, es lo que sentimos.

Ahora decimos entre todos, que ella está allá arriba, mirando, jugando y echando todo lo que se le ponga enfrente, así como también cuidando de nosotros como otro ángel, pero no cualquiera.

Adiós Lucy…

Foto: Ariel Espinoza.

 

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